viernes, 29 de mayo de 2020

Distancia.

Este chico había sido todo un descubrimiento, el último curso de instituto había sido un vaivén de emociones. Mucho que estudiar, poco tiempo, y de repente él. Me escribió en una red social, miré su perfil antes de contestar, no parecía un pervertido, tampoco era mi tipo pero era domingo por la tarde y yo estaba aburrida.

Pasó el tiempo, nos dimos los números de teléfono y se hizo rutina el hablar durante horas por mensajes, empezó a gustarme en el mismo momento en el que parecía que él me ignoraba. Decidí atreverme y quedar con él, aceptó y desde ese primer encuentro todo cambió para bien y empezamos a salir.

Pasaron meses, pasó el verano y llegó el momento de irnos a la universidad. No iríamos a la misma ciudad ni estudiaríamos lo mismo. Estábamos genial, cada día más compenetrados y más enamorados, pero llegó ese miedo a la distancia y a que todo se rompiera. No podríamos vernos tan a menudo y quizás dos fines de semanas al mes no sería suficiente. ¿Y si conocíamos a otras personas y nos gustaban? No tenía pensado tener algo más de una amistad, pero no sería la primera persona a la que le pasara. Podríamos no saber compaginar nuestros estudios con nosotros y, nuestra relación ir a menos. Fue todo lo contrario, en su lugar crecimos y todo fue a más. No había día que no nos llamáramos por teléfono e hiciéramos videollamada contándonos el día, no teníamos secretos, y cada vez que podíamos nos veíamos, yo iba al lugar donde él estudiaba o él venía al mío, y si no era así nos veíamos en casa, donde apostamos por lo nuestro y donde íbamos a ganar la apuesta.

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