Este chico había sido todo un descubrimiento, el
último curso de instituto había sido un vaivén de emociones. Mucho que
estudiar, poco tiempo, y de repente él. Me escribió en una red social, miré su
perfil antes de contestar, no parecía un pervertido, tampoco era mi tipo pero
era domingo por la tarde y yo estaba aburrida.
Pasó el tiempo, nos dimos los números de teléfono y
se hizo rutina el hablar durante horas por mensajes, empezó a gustarme en el
mismo momento en el que parecía que él me ignoraba. Decidí atreverme y quedar
con él, aceptó y desde ese primer encuentro todo cambió para bien y empezamos a
salir.
Pasaron meses, pasó el verano y llegó el momento de
irnos a la universidad. No iríamos a la misma ciudad ni estudiaríamos lo mismo.
Estábamos genial, cada día más compenetrados y más enamorados, pero llegó ese
miedo a la distancia y a que todo se rompiera. No podríamos vernos tan a menudo y quizás dos fines de semanas al mes no sería suficiente. ¿Y si conocíamos a
otras personas y nos gustaban? No tenía pensado tener algo más de una amistad,
pero no sería la primera persona a la que le pasara. Podríamos no saber compaginar nuestros estudios con nosotros y, nuestra relación ir a menos. Fue todo
lo contrario, en su lugar crecimos y todo fue a más. No había día que no nos llamáramos por
teléfono e hiciéramos videollamada contándonos el día, no teníamos secretos, y
cada vez que podíamos nos veíamos, yo iba al lugar donde él estudiaba o él
venía al mío, y si no era así nos veíamos en casa, donde apostamos por lo
nuestro y donde íbamos a ganar la apuesta.

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