Es enero, hemos decidido pasar un fin de semana
en la nieve. Íbamos a esquiar o al menos a intentar caernos lo menos posible.
Alquilamos el equipo y tomamos unas clases antes de empezar. No tengo idea de
esquiar y lo que menos quiero es partirme la crisma.
Lo he intentado unas veinte veces y no hago
nada más que empezar cuando ya me he caído. Mis amigos se ríen de mí, menos mal
que dijimos que no íbamos a hacerlo para no desmotivarnos. A ellos se les da
bastante bien, y yo decido parar y observar como lo hacen. Me gusta mucho más verles
tirarse, frenar y girar que verme en el suelo haciendo el ridículo.
A
la hora de comer, vamos a uno de los restaurantes que tienen allí y
descansamos. Como mis amigos han visto que soy un cero a la izquierda esquiando,
después de comer decidimos coger unos donuts, siempre me decían que me tirara
la primera porque al final se tiraban después, me pillaban y terminábamos
chocando unos con otros. También cogimos unas bicicletas de nieve con las que
hicimos carreras. Me dolía la cara de tanto reír.
Anochecía
pronto y al terminar de tirarnos unas cuantas bolas de nieve, decidimos volver
a casa. Necesitábamos descansar, y al menos yo iba a tener unas horribles
agujetas durante días.

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