Terminaba
el verano y comenzaba un nuevo curso, en el pueblo se rumoreaba que había
venido a vivir una nueva familia.
Era
el primer día de instituto y nuestro último curso si todo salía bien. Mis
amigos y yo quedamos como siempre para ir a clase, llegamos pronto así que
estuvimos charlando fuera hasta que llegara la hora de entrar y sonara el
timbre. De repente, mis amigos se alejaron dejándonos a algunos de lado, venían
tres chicos, no sabía quiénes eran pero entonces me acordé de que vendría gente
nueva. Eran guapísimos, morenos y con ojos azules, se parecían mucho entre
ellos.
Entramos
en clase y nos sentamos con quien quisimos pero como siempre, los profesores
nos cambiaron y nos sentaron por orden de lista. Me tocó sentarme con el chico
nuevo, Marco. Intenté hablar con él pero no me hacía mucho caso, parecía tímido
aunque a ratos me vacilaba, era un poco raro.
Pasó
un mes y mi compañero de pupitre empezó a juntarse con nosotros, era encantador
con mis amigos, se reía a carcajadas con ellos pero también se metía en muchos
problemas. En clase, había días que iba, otros no, algunas horas estaba y otras
desaparecía, algo se traía entre manos pero no era asunto mío.
Yo
empecé a jugar a su mismo juego, si quería estar con mis amigos pero no conmigo
no iba a hacer nada para que cambiara de opinión. Él no había tenido intención de conocerme desde el primer momento y me estaba tratando mal, con estar con mi gente de siempre tenía
suficiente.
Mis
amigas y yo apostábamos sobre con quien iba a ligar ese fin de semana el nuevo.
Desde que estaba allí, Cada sábado que salíamos ligaba con una chica diferente y
se marchaba con ellas, mis amigos le alababan y envidiaban a partes iguales,
era todo un machito. Si eso lo hacemos nosotras, seguro que nos tratarían de
guarras. Estábamos de fiesta y las chicas se arremolinaban entre todos nosotros,
las chicas y yo nos acercábamos y les dábamos conversación, parecía que éramos
amigas de toda la vida.
Empezó
a sonar “tusa” y nos fuimos a la pista de baile, nos encantaba. No sabíamos bailar pero
hacíamos lo que podíamos, nos sorprendió ver a nuestros amigos acercarse a
bailar con nosotras y entre todos perreamos y reímos. Después de ese baile,
siguieron muchos más, hasta que Marco me cogió del brazo y me sacó fuera.
No
sé si fue el alcohol, pero habló conmigo de una forma muy sincera. Me explicó
que su familia se había mudado porque tenían problemas económicos y aquí su
padre había encontrado trabajo, me dijo que su madre estaba enferma pero que se
curaría, se disculpó por haber sido tan cortante conmigo, y me sorprendió
cuando me dijo que no quería enamorarse, que con todas esas chicas con las que
se había ido los fines de semana no habían significado nada y que se iba con
ellas para acercarlas a casa y él se iba a la suya (no sabía si creerme esa
parte o no), que se saltaba clases para no torturarse conmigo... Ahí terminó la
conversación, me besó.
Habíamos jugado a torturarnos cuando en verdad queríamos amarnos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.